Cuando llegas, es cómo si quisieras golpear al destino que te enfrenta; pero buscando un equilibrio que no se obtiene de pie, frente a ellas, -las horas que suben y bajan- como mar, como olas. Tanto pasan que apenas y notas que a veces son más altas, pues pocas veces te detienes a mirar cómo siguen a la luna. Las horas, como las olas.
Sin una pausa en el trayecto de lo andado, y mirando los pocos ejemplos que han notado quienes se dejaron leer, te esfumas en una nota de blues para esconderte de la noche, inerte y con la sed de una mañana más. En esas horas de madrugadas lentas, y absortas de todo su calor. Horas ambiguas que mezclan.
Entonces miras en las mañanas; esas que apenas por ser pocas, te dejan mirarlas con ánimo incandescente, pues cuanto más lejos lleguen una de la otra, mejor. Sí que se ven cosas hermosas cuando soñamos, -pero eso si-, así: juntitos y despiertos a las horas de dormir.
Recuerdas también las que te han dejado mareado, perdido y casi sin respirar, hundido en el fondo de un nudo que lleva tu cuerpo a su capricho. Así, como cuando quieres tener más horas, porque tienes prisa. O tienes prisa, porque quieres tener más horas. Horas revolcadas con horas, horas de revolcón.
Tal vez me digas que pensaste en aquellas que te dejaban sin sabor, o cómo en un cajón escondido y que nadie sabe abrir. Sin motivos. Horas en que lo que pasa es nada y tu estás mirando que eso que pasa, no se detiene... y nada. Horas vacías que sufren un contar inmanente, y sin embargo a nada quieren llegar, de nada sirve contar.
Sin apresurarme entonces, pero antes de que alcances a decir algo, adivino que además has tenido cerca alguna vez, aquellas que han sido muy otras. Esas horas de silencio y tiempo que al fondo del ruido de la calle, de los autos, o de la gente; te someten a una inercia cotidiana. Entre el trabajo y la casa, entre los amigos y el bar. Horas grises automáticas, mecánicas, sin ideas, o ideas mecanizadas. Caminitos sin andar.
Sin falta llegarán también las horas que matas encima de tu imaginación, buscándola una y otra vez, en soledad y ausente. Ahuyentando las ganas. Dejándote ir sobre las sábanas, cubriéndote con tu amor propio, en horas de turba y masturba, que cómo en canción, el texto es lo que dice, pues el ritmo sólo acompaña a la voz; al jadeo. ¿Cuantas novelas escritas, ¿no? horas de paja, horas de masturbación.
¿y qué, si todavía me basta el mar? pues peor aún le iré a cantar. A ella, a la maldita, bendición mal dicha.
1 comentario:
si la naturaleza es la mayor onanista de la historia cósmica es porque ella parió a cronos y éste al partirse por la mitad nos malparió a ratos: como nos enseñañaron aquellos últimos grandes filósofos franceses deleuze y guattari: sí: es falso que los nómadasa sean una etapa nterior a los sedenatrios: sedientos de horas, sentados sobre las horas, cagando horas que luego comen o dan a otro que han conseguido hacer trabajar para ellos: los nómadas, los pirtas, los desertores, los destructores de relojes siempre hemos coexistido con los empleados y empleadores, los embuchadores de calendarios, los que reparten el miedo al futuro porque no soportan el pasado que les pisa los talones y que algún día se vengará de ellos...
la espiral de la normalidad, el retorno de las semanas laborales contra las líneas de fuga, los nómadas sin rostro, las desertoras de su propia biografía...
-gracias por tu tiempo en la máquina
me encantó el que perdí leyéndote-
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