de la ausencia...

A punto de volverme loco por una ausencia que no lograba descifrar; habían pasado mas de 7 años ya y aunque mi aspecto fuera tan común; lo justificaba con la supuesta rebeldía de no ser como todos los que se proponen diferentes y que buscan aquel o este atuendo para llamar la atención, o para ser parte de algo alternativo. No era difícil saberse conciente de la corriente búsqueda de "la distinción", como parte de un modo occidental de pertenecer a los que dirigen su destino y el de la historia. Por lo mismo; ante los disparatados excesos de la modernidad, prefería entonces agregarme a los que le recordaban lo utópico de su búsqueda. Era talvez que la gente me veía común y normal; es mas, como símbolo de lo que ya fue en otra época, y que se repite en ésta sin sentido. Entonces colgaba las llaves, tiraba la toalla, y con los otros asumía pues mi mundana y corriente existencia.
Sólo sus miradas escandalizadas cuando prefería manifestarme distinto, me recordaban lo sorpresivo que podía serles estando oculto en la estética de la supervivencia. Aunque mi distinción, no dejaba de ser la de algún otro, blasfemo, hereje, idealista, romántico, utópico, o simplemente: raro. No importaba el esfuerzo que hiciera, la imagen que proyectaba era de desvelo, cansancio, o abatimiento y sin embargo, el rumbo de mis pensamientos me llevaban siempre a un muro. Estaba solo.
Lo extraño fue creerme inocente, víctima de la soledad y sin embargo ello me impulso a buscarte. Recuerdo que no sabía bien en donde, pero ya tenía el boleto. Sólo hacía falta “echar llanta” aprender a vivir. No sabía como desenredar la maraña; así que el primer paso era dejarla como estaba y caminar hacia ti.
En el mundo, los del norte habían perdido la esperanza y la seguridad de su modo de vida; mientras en el sur; los rebeldes, guardaban silencio y avanzaban con la esperanza. A pesar de la lógica, los sentidos seguían siendo difusos para las mayorías. Saberlo era particularmente desquiciante! Cambiar la vida era ya cosa de viejos. Los jóvenes no sabíamos relacionarnos con el texto, pues nuestro “con” era demasiado equívoco.
Cuando me iba, caminando hacia la puerta, recordé sacar de su escondite el libro del que habías leído para mí algunas líneas; pensé que sería un buen detalle llevar conmigo los textos que me habían hecho temblar frente a ti, aunque sabía que no eran ellos los que me habían encantado. Llegando al aeropuerto lo saque para mantenerme atado a la idea de mirarte una vez más, era un aliado de mis ganas de viajar. Junto con él miraba tu voz y escapaba de la apatía hacia el mundo. Esa pesada conciencia de la imposibilidad de cambiarlo todo de una vez por todas.
Los asientos de la sala de espera estaban vacíos, nunca había hecho un viaje internacional, así que sabía que no sabía mucho. Lo que venía no era de esperarse, ni se podía imaginar, así que nuevamente me aferré a las letras una y otra vez paseando mi mirada en versos que mucho antes que los incipientes y púberes intentos neo occidentales de explicar lo complejo de la existencia humana, lograban coser una sabiduría desplazada y obviamente le ponían mas sabor a mi búsqueda. La ausencia se mantenía indescifrable; y sin embargo, en el arribo al comienzo de lo inesperado, tropecé con un angustia que sabía a vida. La sonrisa en mi rostro respiraba el olor de otras tierras y tu ausencia no detuvo la diversión. Quizás había intuido ya que no me esperabas, pero tenía que estar allí para encontrar mi propia ausencia, apenas empujada por aquellas líneas que en tus labios me recordaron las ganas de vivir.


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