verte llover desde la ventana



Así no puede uno más que agradecer a Tláloc que al fin se decida a llover como es debido. Huele bien, y surten efecto los sonidos de las gotas. Caen directo en la memoria, como si hubiese un lugar, ahí en el cerebro, que se activa fantásticamente. Luego vienen los rayos y las centellas. El instante rebelde que juega con imágenes que no se detienen, parpadeando una y otra vez. Saben a tanto, que viene mejor sólo percibirlo. Dejarlo estar ahí, en el espacio que celosamente guarda cada quien para estar con todos los pedazos de sí.

No soñé con una lluvia como esta, la viví muchas veces antes de volver. Cuando llueve en este lugar, la tierra que algunos ilusos dicen que poseen, se deshace de tu cuerpo como si fueras el más pequeño de los seres del universo. Son ellas quienes juegan al placer, y nosotros quienes debemos mirar, escuchar, y recordar.

No hay memoria que soporte tantos bytes en la enredadera de los ayeres. Ninguna máquina puede procesarlo. La tarjeta de gráficos ya se habría suspendido y la pantalla en negro, no nos dejaría volver a encender el fuego en un carbón tan húmedo. Lluvias de mil horas que se descargan en segundos.

Para colmo, parecía que todo hubiese estado preparado. Como si la batería y el piano ya intuyeran lo que tenían que hacer. Esos sí, sonaban a través de las bases del silicio, escabulléndose entre los resquicios el sonido de los truenos y las gotas. El jazz estaba expandiéndose. Desde la más alta concentración en el brillo de los platillos, hasta la percusión de la gran gota acompañando al bombo a contratiempo, perseguidos ambos, por un trueno largo y lentamente disminuido. Luego, de repente, cuando el éxtasis del inicio ya se había difuminado, un rayo metálico hacía juego con el sonido de las escobillas.

Bastaba con mirar la lluvia desde la ventana para recordar como era verte llover estando debajo de ti, al mismo tiempo. Truenos, relámpagos y rayos, debían ser echados hacia atrás una y otra vez en el panel de la atención, para volver al escondite en que los designios del dios prehispánico me obligaban a hurgar las imagenes de ti. Los sonidos de la lluvia entremezclados con el jazz no podían mas que hacer estallar las decenas de ventanas con los flashes de tu vientre, de tus dedos, de tu piel y de tu cuerpo. Hasta seguir nuevamente el compas de la gota y el bombo, para al fin contener por un momento, la ventana de la mueca de tus labios chuecos y tus ojos cerrados, esos que dicen sin palabra alguna, lo bien que saben como te miraba y completaban el cuadro con la figura de tus hombros ligeramente torcidos por bailar dejándote llevar con la cadencia de la música latina.

Noches así son para inspirarse. Llenar el vagón de buenos momentos y olvidar las deudas. Hacer que todo lo rico del olor a humedad entre hasta las más sabrosas fantasías. Dejarse acariciar por esas gotas en la frente y hacer como que miras hacia arriba con los ojos bien cerrados. Rendirse a la lluvia haciéndole el amor a la tierra e intentar dejarles amarse, sin perturbar el ritual. ¡Ya basta! No voy a tolerar que ya no tengas fe. Es urgente salir a cantar y dejar que se mojen las cuerdas de la voz.

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