El tic y el tac siguen haciendo de las suyas. La
rutina nos envuelve, como el odio cuando viene de las entrañas. No se puede ver
una salida, porque no se quiere saber que estamos en un estado de decepción.
Estado de excepción. Pero Estado al fin y al cabo. Ese que no hemos sabido
destruir. Estado. Máquina mal dicha, máquina maldita. Forma de gobierno que nos
dirige a ningún futuro. Cementerio de la juventud sin futuro. A la ciudad no le
sirve el Estado. La ciudades necesitan rumbos, muchos mundos llenos de
posibilidad. En este Estado, somos ajenos, extraños en la ciudad. En este
Estado, la ciudad está perdida, no tiene salida. El Estado es una máquina mal dicha,
porque es una máquina de la inmovilidad. Si una máquina es algo que no tiene vida,
el Estado es una maldita máquina que detiene nuestra vida. La contiene, la
mantiene, la detiene. La hace Estado. La ciudad subordinada al Estado no sirve
para vivir. La ciudad súbdita del Estado está perdida. En esta ciudad, soy un extraño. Me es ajena la
ciudad. La ciudad me enajena, porque no soy para nadie. No soy para nada. Ser
para un Estado no tiene sentido. La tristeza no puede ser un estado. La
tristeza es un movimiento. Sentir es moverse hacia otro lugar. Nunca estoy
triste. Soy triste para buscar una salida. Somos alegres para buscar compañía.
Nunca estamos enojados ni enojadas. Nos enojamos para luchar por algo. Nos
indignamos para movernos. Nos indignamos para buscar la salida, para buscar un
rumbo. Nos indignamos para dejar el estado de decepción, de excepción. Nos
indignamos para aniquilar el Estado. En el Estado, la ciudad está perdida, no
tiene rumbo.
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